Martes 5 de abril

19:00 horas

Aula Magna de la Facultad de Filología

 

ANDRÉS NEUMAN nació en 1977 en Buenos Aires. Hijo de músicos emigrados, terminó de crecer en Granada, en cuya universidad enseñó literatura hispanoamericana. Ha publicado las novelas Bariloche (Anagrama, Finalista del Premio Herralde), La vida en las ventanas (Espasa), Una vez Argentina (Anagrama), y El viajero del siglo (Alfaguara, Premio Alfaguara, Premio Tormenta y Premio de la Crítica). Es también autor de los libros de cuentos El que espera (Anagrama), El último minuto (Páginas de Espuma) y Alumbramiento (Páginas de Espuma); de los aforismos El equilibrista (Acantilado); del libro sobre Latinoamérica Cómo viajar sin ver (Alfaguara); y del volumen Década (Acantilado), que reúne sus libros de poemas. Traducido a 10 idiomas, fue seleccionado por la revista británica Granta entre los 22 mejores narradores jóvenes en español. Escribe en su blog Microrréplicas.

 

www.andresneuman.com

microrréplicas http://andresneuman.blogspot.com/

 

 

(…) Más que acariciar, las manos largas de Sophie leían. Sophie notó que Hans se esforzaba en no ser brusco y sintió ternura: a ella no le hacía ninguna falta esa delicadeza. Él la encontró más blanda de lo que había imaginado. Percibió cómo ella se le anticipaba, cómo sus reacciones no eran cándidas ni juveniles. A Sophie le pareció que, sin ser fuerte, él era tenso. Que sus contornos recubrían una lejana musculatura. Empezaron a desvestirse con absoluta torpeza, como pasa cuando no se finge. Se levantó el aroma no necesariamente limpio de las pieles. El deseo se abrió en forma de válvula.

Hans se había sentado en un borde del catre. Sophie lo contemplaba de pie, con las manos distraídas tras la espalda, mientras desprendía los últimos enredos. Así, esperándola con los hombros vencidos y la columna encorvada, se le entrometían unas ondas no muy admirables en el vientre. A ella se le apreciaba cierta flacidez cóncava en la cara interior de los muslos. Los dedos de los pies de Hans eran algo rechonchos. Los codos de Sophie eran ásperos. Del ombligo de Hans nacían unos vellos un poco intempestivos. El escote de Sophie fue exponiendo, al aflojarse, unos pechos ligeramente caídos, algunas venas que parecían irradiadas por los pezones, unas finas estrías encima de las aureolas.

Y cada imperfección que se descubrían los volvía más posibles, más deseables el uno para el otro.

(…) Antes de vestirse volvieron a mirarse. Y por fin Sophie dijo: Me gusta tu rodilla. Y se agachó a lamerla. Hans sintió que el pudor le subía por las piernas y al llegar a la cabeza se transformaba en alegría. De pronto se fijó en un muslo de Sophie. En un punto del muslo donde había una mancha alargada como un trazo de lápiz. Y a mí, contestó él, me gusta tu mancha. Odio esa mancha, dijo ella cubriéndose la pierna. Pero él insistió: Esa mancha te mejora, menos mal que la tienes.

 

(de El viajero del siglo, Premio Alfaguara y Premio de la Crítica)

 

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