Jorge Volpi

Lunes, 5 de marzo de 2012

19:00 horas

Aula Magna de la Facultad de Filología

JORGE VOLPI. (México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una “Trilogía del siglo XX”, cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. 

“UNA MUJER INSPIRADORA”

Poco después del mediodía, cuando la playa queda desierta y no se escucha el ulular de las aves ni el clamor de las cigarras —una voz provocaría un escándalo—, el océano parece una plancha color turquesa, sólida e impenetrable. Los rayos de sol atraviesan las olas sin rasgarlas y los petreles se mecen apáticos, como sostenidos por un hilo, en la bruma del trópico. (…)

En vez de permanecer a la intemperie, en la quietud de la playa, de su playa, Christiana se siente atrapada en un cuarto hermético, un horno de paredes calcáreas, sin salida.

La arena le quema los muslos y los talones, pero ella no quiere erguirse, no se atreve a intentarlo: su cuerpo ha adquirido un peso inmanejable o el aire se ha vuelto tan espeso que mover la mano se le antoja una proeza y prefiere quedarse allí, varada ballena moribunda, frente al apacible mar en llamas. (…)

Eres repugnante, escucha en medio de las olas.

Absurdo, se dice, no hay nadie aquí sino tú misma: el mar, el sol que es otro verdugo, la arena que se obstina en calcinarte, ¿quién más habitaría este abominable paraíso?

Su lengua enreda las palabras, retuerce las sílabas o las desgaja. En su tono no hay patetismo ni desengaño, apenas cierta nota de amargura.

El roce del agua con las puntas de sus pies —la marea apenas puede llamarse marea— le provoca un ataque de pánico como si desconociese esa materia transparente, casi viva, que ahora la toquetea.

El océano se burla en cambio de su queja: aquí arriba es pura claridad, una delgada capa de luz marina, el reino de las apariencias, la conformidad con el qué dirán y los modales —un oleaje melifluo y delicado—, aunque basta con sumergir el tronco y la cabeza para sufrir el primer escalofrío, los secretos que muerden semejantes a pirañas, las calumnias y los rumores abisales, un torbellino de celos y de engaños, el qué dirán de las orcas y la asechanza de las anguilas en una oscuridad que todo lo iguala y todo lo destruye.

La tejedora de sombras (V Premio Iberoamericano Planeta-Casa de América 2012)

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