TaigaCCM10

Lunes, 23 de marzo de 2015

19:00 horas

Aula Magna de la Facultad de Filología

Entrada libre hasta completar el aforo

 

CRISTINA RIVERA GARZA. Norteña y errante a la vez. Escritora y lectora, sobre todo. Actualmente, Cristina Rivera Garza es directora del MFA Program in Creative Writing de la Universidad de California, San Diego. Estudió sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México y se doctoró en historia latinoamericana por la Universidad de Houston. Entre sus novelas se distinguen Nadie me verá llorar, que este año cumple 15 años con tapa dura y prólogo inédito, así como La muerte me da –ambas ganadoras del Premio Internacional Sor Juana en 2011 y 2009, respectivamente. Ha publicado seis libros de poesía: La más mía, Los textos del yo, El disco de Newton. Diez ensayos sobre el color, La muerte me da (por Anne-Marie Bianco), y Viriditas. En su más reciente libro de ensayos, Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación, lleva a cabo un análisis comparativo de la más reciente producción literaria en Lationamérica y Estados Unidos en tiempos de horrísona violencia y amplio acceso a la tecnología digital. Señalada como uno de los escritores más influyentes en la red, Rivera Garza mantiene un blog-archivo (www.cristinariveragarza.blogspot.com), y una activa cuenta de twitter (@criveragarza), así como una página de facebook. Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, italiano, portugués, y coreano, entre otros. Recientemente ganó el Premio Internacional Roger Caillois (Francia, 2013), y la Universidad de Houston le otorgó un Doctorado Honoris Causa.

 

En el informe que le escribiría al hombre que había tenido dos esposas le pediría que tomara en cuenta que nada de lo escrito había ocurrido tal cual. Nada de lo escrito ocurre nunca tal cual, repetiría eso o algo parecido. Le pediría, de una cierta manera cuidadosa y elegante, asumiendo que él estaría al tanto pero sabiendo, también, que este tipo de cosas pasan desapercibidas casi siempre, que tomara en cuenta que había mucho tiempo entre alocución y alocución. Deténgase, le pediría. Lea como si hubiera muchos minutos, incluso algunas horas, entre las palabras pronunciadas primero y, luego, las palabras escritas. Transcritas. Las frases. Le diría, por ejemplo, que cuando yo escribiera “les pregunté si tenían electricidad y ellos me respondieron mostrándome una vela encendida”, debía considerar que la pregunta la había enunciado yo, en efecto, pero que antes de recibir la respuesta, que tardó en llegar, el traductor tuvo que hacerme repetir la pregunta un par de veces y, luego, tuvo que enunciarla él también un par de veces hasta que los habitantes de la comarca de la última Taiga pudieron entenderla y, a su vez, contestarla. Y luego hubimos de esperar—el traductor, los habitantes, yo misma—a que la acción, el hecho de mostrar la vela encendida, y el hecho de pronunciar a la vez las palabras “no tenemos electricidad”, pasara por el entendimiento y, luego, por la sorpresa y, eventualmente, por la incredulidad.

Recuerdo la imagen del abismo. Recuerdo, sobre todo, las palabras fin del mundo, todas juntas. Las muchas imágenes de mi propia ciudad, ese sitio lleno de sitios oscuros que había, yo también, dejado atrás.  (El mal de la taiga):

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